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Calendario de la Colegiata:

"La familia, escuela de humanidad". Charla cuaresmal de D. Hermenegildo López González

LA FAMILIA, ESCUELA DE HUMANIDAD

Real Basílica de San Isidoro, 9 de marzo de 2015

No puedo resistirme a unas brevísimas consideraciones previas que, en mi sinceridad, espero comprendan. No solía ser habitual, incluso en un reciente pasado, que un laico, sin experiencia en este tipo de charlas, como es mi caso, fuera invitado y hasta se atreviera a asumir el reto de subir a la zona del presbiterio de este sagrado templo, de esta Real Basílica. Debo solicitar, entonces, su comprensión para que sepan disculpar mis más que posibles errores, pero, si mi atrevimiento me ha traído hoy hasta aquí, ello se debe a dos razones que podrían, al menos, justificarlo. Una, quizá la más importante, mi devoción al Santo Isidoro y mi admiración por cuanto representó y representa para los leoneses, y otra la invitación, un tanto temeraria, del Cabildo Isidoriano para, en cierto modo, en representación de la Imperial Cofradía, miembro de esta familia isidoriana, colaborar en estas jornadas de reflexión cuaresmal. De cualquier modo, uno ya está aquí y solo le queda aceptar sus responsabilidades, asumidas, por otro lado con sincero agradecimiento. 
Pero ¿qué puedo traer yo a su reflexión en esta charla cuaresmal que lleva por título La familia escuela de humanidad?
Hemos de convenir, en primer lugar, que el tema general de este ciclo sobre la familia, no es, en modo alguno, caprichoso. Hablar de la familia, en estos tiempos de grandes cambios sociales, es imprescindible; pero tampoco podemos olvidar que, el pasado mes de octubre, en concreto del 5 al 19, el papa Francisco convocó, en Roma, un Sínodo de los Obispos, con el esclarecedor título de Los desafíos pastorales de la familia en el contexto de la evangelización. Todo ello con el objetivo de elaborar un documento que sirviera de reflexión para este año 2015 que es precisamente el año de la familia. Año que terminará, de manera solemne en Filadelfia (EE.UU.), donde se celebrará el VIII Encuentro mundial de las Familias, del 22 al 27 de septiembre de 2015. Una ceremonia especial tendrá lugar el día 28 de diciembre, puesto que, en dicho día, se celebra la festividad litúrgica de la Sagrada Familia modelo y espejo de la familia cristiana.

Debemos señalar, asimismo, que la preocupación por la familia es algo que atañe a la sociedad en su conjunto, no solo a la Iglesia Católica; así, el 20 de septiembre de 1993 la Asamblea General de las Naciones Unidas, en la Resolución 47/237, decidió que el 15 de mayo de cada año se celebrara el Día Internacional de la Familia. Ese día dedicado internacionalmente a las familias es la ocasión propicia para promover la concienciación y un mejor conocimiento de los procesos sociales, económicos y demográficos que afectan a este núcleo esencial de la sociedad. Y por los lemas de cada año, podemos deducir la importancia que se concede a esta primera institución, puesto que se le atribuyen, como actor principal y solo por poner algunos ejemplos, los papeles de la “Promoción de la integración social y la solidaridad entre las generaciones” (año 2013), o “Las familias como agentes y beneficiarios del desarrollo” (año 2000), o lo que nos es más próximo en la reflexión de hoy, “Tolerancia, respeto y equidad en la familia crean valores en la sociedad y las naciones” (año 1998) y, para terminar, “El papel fundamental de las familias en el proceso de desarrollo humano”, primer slogan del primer año de su celebración en 1994. ¿Estamos entonces muy lejos del título de nuestra charla de hoy? A mi entender, en modo alguno.
Bueno es, por lo tanto, y a instancias del Santo Padre, que hagamos, en este tiempo propicio para la introspección, algunas consideraciones sobre la familia, incluso trascendiendo de esos consejos de las Naciones Unidas o aplicándoles el filtro de nuestra conciencia de cristianos, y teniendo como guía ese documento sinodal arriba reseñado y al que volveremos alguna vez más en esta charla. 
Digamos, para comenzar, que ya en la lectura del Génesis nos encontramos con una especie de reflexión divina primera sobre el origen de la familia: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza. Y Dios creó al hombre a imagen suya. Y los creó hombre y mujer y los bendijo diciéndoles “Procread y multiplicaos y llenad la tierra y sometedla”. (1, 26, 28)
En el diseño entonces del Señor, en la propia concepción del mundo, ya está el origen de la familia, embrión de la sociedad, llamada a ocupar la extensión de nuestra casa común, la Tierra, pensada incluso como un jardín, un Edén, para nuestros primeros padres y su descendencia.
De esta breve descripción de nuestros orígenes en la Biblia podemos, asimismo, extraer varias enseñanzas. Dios ha creado al hombre y a la mujer iguales en dignidad, a imagen suya, al menos, en lo que tanto insistió Jesús a lo largo de su vida pública: en la capacidad de amar y de hacer el bien. Y, de otro lado, hombre y mujer son, por mandato de su Creador y Señor, transmisores de la vida, encargados de traer nuevas criaturas al mundo, precisamente como frutos de su amor. Es más, Dios apoya y bendice este amor que constituirá la célula primera de una relación que trasciende lo individual, dicho de otro modo, de una relación de familia a una relación en sociedad que implica determinados derechos y naturalmente deberes.
Los acontecimientos posteriores en el Paraíso, con la desobediencia a los mandatos de Dios, llevan a nuestros primeros padres a una situación, hasta entonces desconocida, de desconfianza y de temor. Hasta se ocultan de quien les ha dado la vida... En ese momento, cuando Dios ya no es amado, cuando sus preceptos no son respetados, podemos colegir que el amor humano va también a la deriva y se mueve en el filo de la navaja de unas relaciones que a veces se vuelven tormentosas. Bien sabemos, por ejemplo, que el índice de los fracasos matrimoniales es, en estos momentos, verdaderamente preocupante; según recientes encuestas, España ocupa ya el quinto lugar en una lista de países, encabezada por Bélgica, con un 61 % de rupturas de pareja. En el otro extremo se sitúa Chile, un país altamente católico, donde la cifra alcanza apenas un 3%.
Precisamente el Papa Francisco, el mayor de cinco hermanos y tío de dieciséis sobrinos, por su experiencia personal y por su dedicación pastoral, conoce perfectamente la realidad y las dificultades de los matrimonios; y así, a las parejas que se casan, siempre les habla de la belleza y las bondades del matrimonio; pero no desea, de ninguna manera, ocultarles la verdad. Por eso les previene con estas palabras: “para sacarlo adelante, hay que esforzarse porque el matrimonio es un viaje lleno de desafíos, difícil a veces, y también con sus conflictos, pero así es la vida"
Las consecuencias de tanta familia desestructurada, como ahora se dice, están a la vista de todos; pero tampoco es este el momento de hacer ni tan siquiera una breve enumeración, pues he intentado una aproximación a este tema de la familia desde un aspecto positivo. ¿A qué nos conduciría sumar aún mayor negatividad a una ya descorazonadora realidad?
Para mayor abundamiento, el pacto entre Dios e Israel es asimismo comparado por muchos teólogos con el amor entre un hombre y una mujer. Y ello basándose en tres características principales: la unidad), la indisolubilidad y la fidelidad.
Para refrendarlo de manera solemne, dándole la categoría de sacramento, y a pesar de algunas primeras reticencias, vencidas por el amor de una madre, Jesús, que vino a restaurar el orden perdido, comienza su vida pública con la bendición de una boda. Sin duda no fue una elección caprichosa; nada tiene esa característica en el diseño de Dios. Intervino pues en ella, de una manera directa y voluntaria, e incluso con uno de los símbolos que le reconocerán ya ante sus coetáneos como el enviado de Dios. El milagro entonces de las Bodas de Caná es un claro símbolo de que Jesús está, una vez más, a nuestro lado, al lado de los esposos, fortaleciendo, apoyando y bendiciendo esta unión, incluso cuando ya no queda vino, cuando determinadas ilusiones primeras han podido dar paso a otras realidades, impuestas por los caprichos y las obligaciones de la vida en sociedad.
Recordemos también que la institución del matrimonio y la propia familia son algo muy apreciado en todas las culturas, a lo largo de la historia del mundo, pues se ha concebido y hasta respetado siempre como una especie de sociedad regida por determinadas leyes, que trascienden incluso las escritas, y que se basan en la relación de respeto y amor entre un hombre, una mujer, unos hijos y unos parientes.
Además de esto, el matrimonio cristiano debe entenderse, también, como una vocación, como una llamada de Dios a la que se debería responder con una adecuada preparación, sabiendo a lo que cada uno de los contrayentes se compromete desde la fe; y, por lo tanto, no puede considerarse solo como una costumbre, como una tradición o como una forma de presentarse en una colectividad por exigencias sociales o jurídicas.
Sin embargo, puede que, perdido en esta consideración general, hasta me esté alejando de mi obligación primera que no es otra que lo que sugiere el título de esta charla cuaresmal: la familia escuela de humanidad.
Volvamos pues a ello. Ya hemos comentado brevemente lo que podríamos entender por familia, al menos, en sus orígenes, pero ¿y qué podemos decir de esos otros dos conceptos que vienen a completar y dar forma al mensaje, al propio tema de nuestra reflexión de hoy? La escuela y la humanidad. Grandes palabras que remiten a grandes realidades, sin duda.
Todos, aunque quizá sustentado en imágenes diferentes, creemos saber lo que encierra el término de “escuela”; sin embargo no podemos quedarnos ni tan siquiera en el aspecto físico de la misma. El término va mucho más allá y basta con echar una ojeada al diccionario para darnos cuenta de dicha realidad. Hagan la prueba y encontrarán no menos de 10 acepciones que van desde el lugar en el que se estudia, pasando por las personas que imparten allí sus conocimientos, hasta la propia enseñanza que allí se recibe. Por cierto que, derivado del griego, el término significaba algo así como “lo que merece ser hecho en el tiempo libre”, por oposición al juego. Las palabras ocultan a veces agradables sorpresas. ¿Y si es algo que merece ser hecho, por qué no nos dedicamos más a ello, al estudio, a la formación permanente, al aprendizaje continuo, principalmente en los aspectos relacionados con nuestra fe y con nuestras convicciones más íntimas?
En las reflexiones que siguen, entenderemos el término de escuela no solo como lugar físico (la familia, el hogar) sino incluso la doctrina, la enseñanza, la educación que se imparte y se recibe en dicho entorno.
En consonancia con ese término de, “educación” que hemos empleado, cabría también diferenciar algo que, por momentos, incluso algunas civilizaciones han mezclado y hasta confundido… puede que en nuestra misma realidad el debate siga existiendo y es importante asumirlo para poder enfrentarse a él con ciertas garantías. Me refiero a esos vocablos que, pareciendo sinónimos, a veces no son ni tan siquiera complementarios; estos serían, enseñanza, formación, instrucción, adiestramiento y hasta imitación. Es una evidencia que, como se suele decir, “las palabras mueven, pero los ejemplos arrastran”, y como la familia no es, por suerte o por desgracia, depende de situaciones, el único lugar en el que los hijos, niños o jóvenes, reciben información, formación o pautas de comportamiento, bueno es ir siempre por delante previniendo y evitando ciertos riesgos, antes de tener que lamentar situaciones incómodas, problemáticas e incluso irresolubles. Por eso, “La educación, más que una técnica, como se suele decir, es lo que se respira en la atmosfera familiar”. Es, por lo tanto, un todo que marca a los miembros de la misma, especialmente a los más sensibles, a los más indefensos, a los más fácilmente manipulables, a los niños.
Nos queda ahora dedicarle algunos minutos al término humanidad; algo que, por sencillo, se nos antoja harto difícil. Es casi como la famosa frase atribuida a San Agustín y referida al tiempo: “si me preguntas lo que es, no lo sé, pero si no me lo preguntas, lo sé”. Humanidad, humanismo, derechos humanos; conceptos todos que remiten a una realidad, lo propio y específico de la naturaleza humana, en el primer caso, pero también a la fragilidad propia del ser humano; incluso a la sensibilidad y la compasión ante las desgracias de nuestros semejantes, eso que ahora conocemos con el nombre de empatía y que interpretamos como la identificación mental y afectiva de un sujeto con el estado de ánimo de otro.
En el segundo caso, aproximo humanismo a humanidad, no tanto en el sentido del conocido movimiento renacentista que propugnaba el retorno a la cultura grecolatina, sino a la doctrina o actitud vital basada precisamente en una concepción integradora de dichos valores humanos.
¿Y qué entendemos, por cierto, por valores humanos? Son unos conceptos universales que nos determinan la forma de actuar de los hombres y que se encuentran en todas las culturas y en todas las sociedades en las que los seres humanos interactúan de forma positiva con los demás. Los cinco valores humanos universalmente reconocidos son la Verdad, la Rectitud en el obrar, el Amor en las relaciones con los demás, la Paz y la No Violencia. Estos valores son eternos, impresos en el alma por nuestro Creador y elevan la vida humana a su máxima expresión, a su más alta capacidad.
Esos valores humanos fueron desarrollados y, en cierto modo, recogidos más tarde en esa, hoy por todos conocida, declaración de los derechos humanos. Llegados a este momento, sin embargo, ¿deberíamos aún preguntarnos cuáles son esos valores, esos derechos (que suponen otras tantas obligaciones de cara a los demás) adscritos a lo que hemos denominado humanidad?
Para hacernos una idea, nada mejor que recurrir a lo que, hace ya más de 60 años, puso de acuerdo a muchos intelectuales y a varias naciones que elaboraron lo que hoy denominamos los derechos humanos y que, así debemos decirlo, no son por desgracia, aún respetados en todas parte. En efecto, el 10 de diciembre de 1948, humeantes aún los rescoldos de la máxima expresión de violencia y odio que han visto los siglos (la Segunda Guerra Mundial), la Asamblea General de las Naciones Unidas (la ONU), proclamó la Declaración Universal de los Derechos Humanos". Esta declaración consta de 30 artículos e indica, en su preámbulo lo siguiente: “La presente Declaración tiene como ideal común que todos los pueblos y naciones deben esforzarse, a fin de que tanto los individuos como las instituciones, inspirándose constantemente en ella, promuevan mediante la enseñanza y la educación, el respeto a estos derechos y libertades, y aseguren su reconocimiento y aplicación universales y efectivos”.
Naturalmente no voy a cometer la torpeza de recitarles ahora la lista de esos 30 derechos humanos, aunque sí les recordaré algunos para que pueda confirmarse el hecho de que estamos más ante situaciones de derechos individuales a los que trasciende, sin duda, la propia familia como embrión de la sociedad, lo que está también en el origen de esta intervención. Así esos derechos se refieren a la vida, la libertad, la seguridad, la igualdad ante la ley; a la libre circulación, a la propiedad, a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión, a la libertad de expresión o al trabajo, por citar, únicamente, los más conocidos y reconocidos.
Trascendiendo ahora a estos derechos humanos, me gustaría aproximarlos a algo que nuestra sociedad sumergida en un laicismo galopante y hasta bien visto, ha olvidado o pretende simplemente olvidar; todos ellos están sencillamente en el origen o son consecuencias de lo que, para nosotros, los cristianos, se resume en los Mandamientos de la ley de Dios.
Nada raro, por otra parte, puesto que tampoco podemos ni deberíamos olvidar nuca que dichos derechos humanos están inspirados en nuestra cultura occidental, deudora, por mucho que se pretenda negar u ocultar, de lo que se ha denominado civilización judeo-cristiana. Unos valores, recordémoslo en este sagrado lugar, a favor de los cuales combatieron, a la cabeza de nuestros antepasados, nuestros antiguos reyes que ahora esperan la resurrección del otro lado de esa puerta polilobulada que conduce al más maravilloso de los panteones reales y en cuyos inigualables frescos se resumen los grandes misterios de nuestra salvación.
De una forma más concreta, y como ayuda para llegar al cumplimiento de los mandamientos de la ley de Dios, debemos citar esas disposiciones del entendimiento y de la voluntad que guían nuestros actos y nuestra conducta de acuerdo a la razón y la fe; dicho en otras palabras, las virtudes.
Los derechos humanos recogen entonces, y por decirlo de alguna manera, unos mínimos que se encuentran más que superados por esas virtudes de las que nos ocuparemos a continuación. Y si afirmo tan taxativamente que las mismas les superan es porque se basan, precisamente, no solo en el respeto del individuo particular o en fórmulas jurídicas de conveniencia social, sino en esa fuerza que nos lleva mucho más lejos y nos eleva por encima de todo convencionalismo o hasta afectación: la fuerza del amor; el amor que mueve el mundo, que trasciende fronteras, que, en palabras de San Pablo a los Corintios, bien conocidas por ser motivo de elección en muchas ceremonias del sacramento del matrimonio:  “el amor es paciente, es servicial; no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, etc.” Por el contrario, y como recuerda el libro de los Proverbios: “El odio suscita rencillas, pero el amor cubre todas las transgresiones”.
El propio Papa Benedicto XVI, en la encíclica Caritas in veritate, pone de relieve la importancia del amor como principio de vida en la sociedad, lugar en el que se aprende la experiencia del bien común.
El amor de Dios, pues, y el amor a los hermanos, extensión clara de ese amor conyugal que ha sido el embrión y el fermento de la sociedad, la renovaría de tal forma que hasta la prepararía para convertirse en un mundo ideal si se basara en esos principios. Y por añadidura, si las virtudes que denominaremos humanas superan en mucho a los derechos humanos, la mejor escuela de humanidad es, sin duda, la familia cristiana que gira en torno a valores, no ya solamente humanos, sino incluso de eternidad.
¿Qué decir entonces, de manera más concreta, sobre las virtudes?; Sin entrar ahora en consideraciones sobre las denominadas teologales (aunque, evidentemente, el amor está en la base de la caridad), nos detendremos en esas que el viejo catecismo denominaba cardinales y a las que el actual atribuye precisamente la calificación de virtudes humanas o morales. Dichas virtudes, según el propio catecismo, “son muchas, pero pueden agruparse en torno a cuatro principales, llamadas cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza”.
A decir verdad estas virtudes o cualidades que hacen de las personas, hombres y mujeres de bien, han estado en la preocupación de muchos filósofos, desde siempre, sean estos creyentes o no. En este sentido, y para refrendar mis palabras, traeré un solo nombre a su memoria; el de Benjamín Franklin, bien conocido por sus inventos, que habla de tres tipos de virtudes: virtudes individuales, virtudes familiares y virtudes sociales.
Las virtudes individuales serían cinco principales:
1º- la ciencia, que comprende la prudencia y la sabiduría;
2º- la templanza, que comprende la sobriedad y la castidad;
3º- el valor o la fuerza y energía del cuerpo y el alma;
4º- el trabajo, es decir, la actividad y el sabio empleo del tiempo;
Y 5º- el aseo o pureza del cuerpo, tanto en la ropa como en la vivienda.
Las virtudes domésticas son, en sus palabras, las cualidades y los sentimientos útiles para la conservación y la prosperidad de la familia. Estas virtudes remiten al amor conyugal, paternal, filial, fraternal y en general a todos los parientes.
Las virtudes sociales, son, según Franklin, todas las que conservan, sostienen y hacen prosperar a una nación. Se cuentan entre ellas todas las acciones que proporcionan alguna utilidad a la sociedad. Derivan de un principio fundamental que es la justicia. Las demás, bajo los nombres de caridad, humanidad, honradez, amor a la patria, sinceridad, generosidad, sencillez de costumbres y modestia no son más que diferentes formas de interpretar y de aplicar aquella vieja y conocida frase: No hagas a otro lo que no quieras que te hagan a ti, que no deja de ser una definición de justicia. Justicia que deriva de tres características esenciales en lo que se refiere a la organización del hombre en el seno de una familia y también en la sociedad: la igualdad, la libertad y la propiedad.
Si, como creyentes, sumamos a estas virtudes humanas del catecismo, lo que conocemos como las Obras de Misericordia y los siete Dones del Espíritu Santo que completan y llevan a su perfección las virtudes de quienes los reciben, tendríamos trazado un verdadero camino de salvación y una forma de convertir a esta sociedad descreída, insolidaria, egoísta, desmemoriada y deshumanizada en esa nueva Jerusalén, en ese paraíso primero al que todos aspiramos después del y desde el pecado original.
Muchos de ustedes recordarán además aquellos felices y despreocupados años de la niñez, cuando, especialmente, antes del rosario de los domingos, el sacerdote del pueblo nos enseñaba, en la catequesis, los principios de la Doctrina Cristiana. Así aprendimos y recitábamos de carrerilla los siete pecados capitales (vicios a evitar) y las virtudes que debíamos cultivar contra ellos, todo ello, a pesar de los tiempos y las modas, sigue siendo válido. Recuerden ahora conmigo: contra soberbia, humildad; contra avaricia, largueza; contra lujuria, castidad; contra ira, paciencia; contra gula, templanza; contra envidia, caridad, y contra pereza, diligencia. Hay que convenir en que la práctica de esas Virtudes, como ven, siempre repetidas de una u otra manera, es el único modo de conseguir presentarse ante los demás con el corazón limpio y con una voluntad firme de ponernos a disposición de quienes necesiten de nosotros y no precisamente de buscar nuestro propio provecho. Y ello a pesar de que muchas veces se nos repite, quizás en función de otros valores que no son precisamente cristianos, que “la caridad bien entendida empieza por uno mismo”.
Surge ahora la inevitable pregunta: ¿y dónde encontrar el resorte para que nuestra sociedad cambie, para que adquiera esas virtudes humanas o cristianas que nos llevan a hacer el bien y para desarrollar esa personalidad equilibrada que nos ayude a crear ese estado de cosas arriba referidas?
Si hemos de ser coherentes con nuestras creencias, algunas, es claro, nos las da el Señor, sin mérito alguno por nuestra parte, desde el momento de nuestro nacimiento (las teologales, denominadas así porque tienen a Dios por objeto inmediato y porque son infundidas y reveladas por Él). Otras, sin embargo, deben ser adquiridas, no sin esfuerzo, y contando con los que tenemos más cerca, con aquellos que Dios puso a nuestro lado para querernos, alimentarnos y educarnos, precisamente también en esos valores que hemos aproximado a las virtudes humanas. He aquí la justificación de esta reflexión sobre la familia como escuela de humanidad. Lo humano, la humanidad como fermento para alcanzar incluso fines más altos.
De todos es conocido que un niño adquiere buenas o malas costumbres por la repetición de determinados actos que ve (imitación) o hacia los que es impulsado o guiado (educación) por aquellos que tiene más cerca: la familia. Esos actos repetidos se convierten en hábitos y esos hábitos están en el comienzo del camino de las virtudes adquiridas. Es evidente que, como nos recuerda el propio catecismo, las virtudes son algo más que hábitos, pero sin ellos no las alcanzaríamos nunca.
Se suele decir también que las virtudes son hábitos operativos, es decir que deben ser ejecutados, llevados a cabo; y no basta, como en otros muchos aspectos, con tener buenas intenciones o pensar aquello de “lo dejaremos para otro día”. El atleta que se entrena para competir más tarde nada lograría solo con pensar en correr; debe realmente correr o su ilusión será vana, por muchas cualidades innatas que posea.
Del mismo modo, esas virtudes o valores humanos, si son puestos en práctica, si son aprendidos desde la niñez, harán que esa persona crezca en valores y apoye sus creencias y sus actos sobre bases sólidas, algo que le llevará no solo a ser un activo en y para la sociedad sino que le preparará para no ser juguete de los vientos o capricho de las modas; más aún si esas bases se asientan sobre valores de eternidad.
Mas como quien interpreta la fe es nuestra madre la Iglesia, a través de sus pastores, para trascender a mis palabras, permítanme ahora traerles algunas breves referencias a lo que el nuevo catecismo nos enseña a propósito de la familia. Catecismo mucho más amplio, más claro y más explícito, por cierto, que aquel que algunos de los aquí presentes estudiamos en nuestros años de niñez, el viejo catecismo del Padre Astete o el que le sustituyó el del Padre Jerónimo de Ripalda.
Así, en los comentarios al Cuarto mandamiento se dice claramente: “Las relaciones en el seno de la familia entrañan una afinidad de sentimientos, afectos e intereses que provienen sobre todo del mutuo respeto de las personas. La familia es una comunidad privilegiada llamada a realizar un propósito común de los esposos y una cooperación diligente de los padres en la educación de los hijos”.
Numerosos son, en la Biblia, tanto en el Antiguo, como en el Nuevo Testamento, los testimonios y los consejos sobre la educación de los hijos; tan solo recordaré un par de ellos extraídos del libro de los Proverbios 13:24: “el que ama a su hijo, desde temprano le corrige” (13:24), o también, “Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él.” (22:6) ¿No subyace en estas frases la misma idea que hemos desarrollado sobre los hábitos y las virtudes?
La Iglesia, en palabras del conocido teólogo y arzobispo Bruno Forte, secretario especial del reciente Sínodo de la Familia, apuesta, no podía ser de otro modo, puesto que el matrimonio es considerado un sacramento, apuesta, repito, por la institución familiar, pero, según sus propias palabras, “lo hace sin ingenuidades, consciente de las pruebas que de muchas maneras la afligen y de los condicionamientos que a menudo tornan difícil el camino, interrelacionados con el mundo social y del trabajo, la variedad de situaciones políticas y económicas y la creciente fragilidad de las relaciones humanas.”
Todos somos conocedores de que los cambios sociales que vivimos en los últimos años han perjudicado seriamente a las familias, transformando extraordinariamente, y no precisamente para mejor, su estructura, de modo especial, en la forma y manera en la que nos era, hasta hace poco, conocida. Es necesario, entonces, que los cristianos demos, con valentía, un paso al frente en orden al compromiso, a la asunción de nuestras responsabilidades y contribuyamos también con nuestra vida y hasta con nuestras ideas y aportaciones en la recuperación del tiempo perdido, para ser de nuevo fermentos en la sociedad, comenzando, claro está, por lo que tenemos más cerca, por esa primera célula que es nuestra propia familia. Solo así conseguiremos hacer que este estado de cosas no se perpetúe en el tiempo o vaya incluso a peor.
Volviendo a nuestra reflexión primera sobre las palabras del Génesis, y según interpretan algunos teólogos, el mandato de Dios a nuestros primeros padres de “llenad la tierra y sometedla” debe ser entendido más que como una sumisión de la misma, el hecho concreto de guardarla y protegerla en todos los sentidos; dicho de otro modo poder hacer de ella un lugar habitable por y para el género humano. El hombre tiene que ser, entonces, un guardián del planeta, título que goza por delegación, debiendo ser capaz de transformarlo en un lugar digno de esa característica de humanidad desde el propio diseño del Creador.
Por esa razón, la propia y ya primera relación entre hombre y mujer trasciende a ambos y les atribuye el extraordinario papel de ser el origen de la sociedad; la familia entonces, se convierte en escuela de humanidad, en el desarrollo de las virtudes humanas necesarias para la vida y el desarrollo de la sociedad, hasta conseguir hacer de ella un mundo verdaderamente humano y habitable.
Porque, en último caso, educar a un hijo no es otra cosa que prepararle para asumir sus responsabilidades ante la vida y, al propio tiempo ayudarle a desarrollarse como persona, a ser capaz de vivir con las mayores garantías en la sociedad y a poder sentirse incluso útil en la misma. La familia, entonces, lo repetiremos una vez más, y para terminar, es la primera y más importante responsable en la formación de cada uno de sus miembros ya sea por acción, omisión, consejos, actitudes, comportamientos, intervenciones o directrices.
No puedo terminar esta charla sin citar, en este sentido, a quien fue llamado el Papa de la familia, a nuestro recordado y bien amado San Juan Pablo II, cuyo magisterio reclamara en el Sínodo de la familia el Cardenal Dolan. Así se expresaba este gran santo en el encuentro de las familias en Chihuahua, en 1990: “La familia es la primera comunidad de vida y amor, el primer ambiente donde el hombre puede aprender a amar y a sentirse amado; no solo por otras personas sino, y sobre todo, por Dios”
 Y puesto que hemos reflexionado sobre la familia, de manera particular, no podemos dejar de señalar, trascendiendo de esa primera célula, que también todos los bautizados formamos parte de la familia de los hijos  de Dios por lo que ese mismo tipo de actuaciones anunciadas y las conclusiones que de ello derivan deberían poder ser aplicadas también, y quizás en primer lugar, entre todos nosotros los cristianos.
(Que así sea)

Hermenegildo López González
De la Imperial Cofradía del Pendón de San Isidoro




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